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Borderland

Atilio Chiáppori

¿Quién es Atilio Chiáppori? Si uno se abstrae del ámbito literario, la respuesta es sencilla: un casi médico argentino (cursó 5 años de la carrera para luego abandonarla) que terminó siendo Director del Museo de Bellas Artes. Pero si lo que uno desea son respuestas ligadas a la literatura, nos queda más cómodo -a modo de una expedición geográfica- ubicarlo en relación a tierras aledañas (o debería decir, tierras de confín). Por eso suena en la lista de nombres junto con Quiroga, Lugones, Holmberg como los primeros cultores del relato fantástico en la Argentina (o “fantaciencia” como lo denomina Quereilhac, estudiosa en la materia). Con uno de ellos, al menos; podría haber compartido el título de “Cuentos de amor, de locura y de muerte” para referirse a Borderland, un libro de relatos que combina la ciencia de principios de siglo con el ocultismo y los inyecta en situaciones de obsesión masculina por mujeres, que concluyen en (precisamente) locura y muerte. Una misoginia nacida del extrañamiento con la mujer, quizás, aunque como dice Quereilhac en su estudio preliminar: Chiáppori puso a la mujer en un papel que hasta el momento no se le había dado en la literatura: “la figura de la mujer a la vez ascética y sensual, culta, bisexual y atlética”. Así, por ejemplo, tenemos un plan orquestado por Flora Nist que por haber sido “educada con todas las libertades masculinas, poseía una cultura superior”. No deja de sonar condescendiente, pero es un avance frente al pensamiento de la época.

Quizás Chiáppori fue nuestro Poe. Ciertamente se le nota la influencia y él no lo oculta; hay múltiples referencias en los relatos. Los ambientes son lúgubres y la amenaza acecha siempre a la vuelta de la esquina. Las descripciones están plagadas de adjetivos. Las quintas, las islas del Tigre, Luján, son todos escenarios fantasmagóricos que sirven para subsumir a los personajes en un terror in crescendo (“Afuera el viento seguía aullando en los eucaliptos”, “Un enervamiento contagioso flotaba en la atmósfera suave de aquel crepúsculo de fines de abril”).

Pero el aspecto que más sorprende es el uso del humor negro en estos tempranos cuentos de 1907. Al leer “Un libro imposible”, nos enteramos de que Pablo Lasca, según la leyenda, mataba a cada una de sus esposas con una tortura sutil y extraña: le hacía cosquillas “hasta verla arquearse toda; el seno erecto, las venas del cuello gruesas como cuerdas, la cara azul y los ojos propulsados llenos de lágrimas”. En otro ejemplo, el Doctor Biercold, que es recurrente a través de los relatos, nos revela que sólo puede tomar leche porque su adicción etílica lo ha llevado a la cirrosis. Imposible imaginar que el nombre germano-inglés Bier-Cold (Cerveza Fría) haya sido casual. Claramente Chiáppori reía mientras escribía estas líneas.

Una cosa sabemos con seguridad: Chiáppori no tiene lugar en la literatura argentina. Su escasa obra de ficción (sólo 3 libros publicados y 1 inédito) ha sido olvidada por casi todos. Pero leerlo es acceder a un mundo enorme de preocupaciones de época escritas con una pluma tan barroca como bella. Borderland es la tierra de confín, donde se mezclan los saberes y los mundos: cuerpo y espíritu. Y algo del espíritu de lo que luego vendría se cuela en estas páginas donde “el Tiempo vela su retiro voluntario con su hoz y su reloj de arena”.

Borderland de Atilio Chiappori

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