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Artefactos literarios

El mono de 40 litros
Por Adam Marek

     Una vez conocí a un hombre con un mono de cuarenta litros. Medía todos sus animales por volumen. Sus dálmatas eran pequeños, sólo dieciocho litros, pero su gato, un prusiano azul, era gigante – cinco litros, cuando la mayoría de los gatos son de tres. Era dueño de una tienda de mascotas justo al costado de Portobello Road. Necesitaba una nueva mascota para mi novia porque las últimas dos se habían matado entre sí.
     “La mascota ideal,” me dijo el dueño, “es de doce litros. Eso las hace suficientemente fáciles de levantar, pero con suficiente sustancia para jugar sin riesgo a dañarlas. ¿Qué tenías?”
     “Un gecko,” respondí. “Creo que era como de media pinta.”
     “¿Usas sistema imperial?” El hombre sonrió y gesticuló hacia el vivero en la esquina. “Iguana,” dijo. “Seis litros, y sigue creciendo.”
     “Ah cierto,” dije. “También tuve un gato. Debe haber sido de cuatro litros, quizás más.”
     “¿Estás seguro?” Preguntó. “¿Era de pelo largo?, porque lucen grandes, pero cuando los sumerges son chicos, como ratas flacas.”
     “Era de pelo corto,” le dije.
     “¿Qué edad?”
     “Cuatro”
     “Ese volumen se debería haber perdido de todas formas, a menos que le hayas mezclado menudencias con su comida. ¿Hiciste eso?”
     “No,” dije. “Comía atún.”
     “Ninguna mascota se volvió voluminosa comiendo atún,” sonrió, casi comprensivo.
     “¿Qué es lo más grande que tienes?” le pregunté.
     “Ese sería mi mono de cuarenta litros,” sonrió.
     “¿Puedo verlo?”
     “¿Dudas de mi veracidad?”
     “En absoluto ¿es un mono secreto?”
     “No, no es un mono secreto. Lo he mostrado en Suramérica, Rusia y la mayor parte de Europa Occidental”
     “¿Qué clase de mono es?”
     “Es un babuino,” dijo, levantando las cejas.
     “¿Un babuino? ¿Qué tan grandes suelen ser?”
     “Veintitrés litros”
     “¿Cómo hiciste que el tuyo fuera tan grande?”
     “No te voy a decir eso ¿Tienes idea de cuántos monos de treinta y tres litros tuve que soportar hasta lograr la combinación correcta?”
Levanté los hombros. El hombre frotó su entrecejo con su pulgar e índice, como cuestionándose por qué me estaba hablando a mí, el dueño de un gecko muerto de media pinta. Comencé a sentir claustrofobia y atisbé a irme, cuando me agarró del brazo y dijo, “¿te gustaría ver mi mono?”
     Dije que sí con la cabeza. Cerró con llave la puerta de entrada y subimos por una escalera angosta. Había nombres escritos en cada escalón, y al lado, un volumen: Edgar 29 litros, Wallace 32 litros, Merian 34 litros. También en cada peldaño había bolsas de comida, libros y archivos, apoyados contra la pared, de forma tal que yo tenía que poner mi pie justo en frente del otro para ir subiendo, y me pisaba el talón continuamente.
     “¿Y cómo murieron tus mascotas?” preguntó el hombre.
     “El gato logró deslizarse por la puerta del tanque del gecko. Trató de comérselo entero, y se le quedó atragantado.
     “Hmf,” rio el hombre.
     El hombre me llevó a una puerta que estaba cubierta de stickers de varias organizaciones animales de las que nunca había oído hablar: Grandes Zarigüeyas de Australia, Pequeños Titanes de América. La puerta tenía un teclado, que ocultó con una mano a medida que marcaba el código con la otra. Un incisivo olor a carne y paja y lejía invadió el salón, y escuché un sonido suave de succión, como aire penetrando en el vacío, pero puede que lo haya imaginado.
     Estar en ese salón era como ser sofocado por la axila de alguien. Algo se movía en una jaula en la esquina, gruñendo suavemente. El perímetro del salón era como la escalera, con libros, archivos y bolsas de comida seca apoyadas contra la pared. El piso estaba cubierto de linóleo negro, y la sección en frente de la puerta estaba cubierta de mil rasguños. Opuesto a la puerta, había un arco que llevaba a un baño luminoso. Había un tanque allí con marcas para medir al costado y marcas adicionales y comentarios escritos en marcador.
     “Está allá,” dijo el hombre. “Quédate aquí y la traeré”
     “¿Muerde?” pregunté.
     “Ya no”
     El hombre sacó una llave de su bolsillo trasero que estaba agarrado al cinturón con una cadena. El mecanismo se abrió con un satisfactorio clic. Abrió un poco la jaula y se acuclilló en frente. Le susurró algo al babuino, pero no pude escuchar lo que dijo. Movió la cabeza, como recibiendo una respuesta del mono, luego se movió hacia atrás manteniéndose en cuclillas.
El aire viciado del salón me estaba dando nauseas.
     “¿Por qué está tan oscuro acá?” pregunté.
     “Las luces lo ponen muy activo. Quema todo el volumen cuando las luces están prendidas” respondió.
El hombre se mantuvo agachado, moviendo su espalda hacia arriba y hacia abajo como si quisiera rascarse con un árbol. Golpeó el suelo con las manos, manteniendo su mirada en la jaula.
     Una forma se arrastró fuera de la jaula. Nunca había visto a un babuino de tamaño regular, así que no tenía punto de referencia, pero era grande, grande y grasoso.
     “¿Por qué tiene todo el pelaje pegado al cuerpo?” pregunté.
     “Vaselina,” respondió el hombre. “El pelo de babuino es ligeramente absorbente. Si absorbe agua, eso resulta en menor volumen.”
     “¿Así que lo engrasas para hacerlo resistente al agua?”
     “Sí”
     “¿Eso es legal?”
     El hombre me miró como si fuera un idiota.
     El babuino salió un poco más de la jaula. El hombre puso algo en su propia boca. Al principio, el babuino retrocedió nervioso, pero luego dio unos saltos y tomó la comida de sus labios. Me miró mientras comía. Su cara parecía decir, “sé que luzco absurdo, pero si dices algo, te arrancaré un brazo”
     “¿Cuál es su nombre?” pregunté.
     “No hables tan alto,” suspiró escupiendo. “Se llama Cooper”
     “¿Entonces qué viene después?, ¿un mono de cincuenta litros?”
     “No puedes conseguir un babuino de ese tamaño. No sin esteroides”
     “¿Existen los esteroides para monos?”
     “¿Me estás cargando?” el hombre se paró. El babuino levantó los brazos e hizo un sonido. El hombre se volvió a acuclillar y agachó la cabeza, mirándome para que hiciera lo mismo.
     Me puse en cuclillas. El olor empeoró. Flotaba cerca del piso como una niebla.
     “¿Hay mucha gente que hace esto, digo, de crecer grandes monos?”
     “No muchos. En este país, al menos”
     “¿Cuántos dirías que hay en el mundo?”
     “Difícil de decir” dijo el hombre. “No todos compiten, pero hay más o menos sesenta regulares, supongo.”
     “¿Y éste es un mono récord?”
     “Por medio litro”
     “¿Y tienes un archi rival? ¿un criador de monos enemigo?” no pude evitar sonreír cuando dije esto. El hombre parecía estar teniendo una crisis. No sabía si estar enojado o entusiasmado. Creo que debe haber sido la primera vez que alguien quiso ver su mono.
     “Hay un tipo en Tailandia. Decía que tenía un mono de cuarenta y tres litros, pero le había puesto plastilina en las axilas y le había insertado pelotas de golf en el culo.”
     “Es chiste”
     “Es bastante común. Aunque ahora ellos son mucho más estrictos al respecto.”
El babuino se sentó cerca del hombre, dejándolo acariciar su cabeza engrasada.
     “¿Quiénes son ‘ellos’?” le pregunté. “¿Hay algún tipo de organismo de gobierno?”
     “Sí, el GMG”
     “¿Qué quiere decir, el Grupo de Monos Grandes?” me reí.
     “Sí, son parte del Grupo de Animales Grandes. La gente compite con casi todos los animales que se te ocurran. Yo me especializo en babuinos, pero pruebo con gatos y conejillos de india también. Son más baratos de transportar en largas distancias, y toman menos tiempo para crecer.”
     Tuve suerte de que estuviera oscuro porque mis ojos empezaron a lagrimear.
     “¿Quieres medirlo?” preguntó el hombre.
     “¿Qué, ahora?, ¿en el tanque?”
     El hombre afirmó con la cabeza.
     “No, no te preocupes. Está bien. No me gustaría empapar a Cooper sin razón.”
     “No es problema.”
     “No, en serio, está bien.” dije.
     “¿Pero, cómo sabes que no te miento?”
     “Te creo”
     “¿Podrías distinguir un mono de cuarenta litros si vieras a uno?”
     “No, pero si tuviera que adivinar, diría que tiene más o menos…”
     “Más o menos no. Exactamente. Tiene exactamente 40 litros. Te voy a mostrar”
     El hombre recogió a Cooper en sus brazos. El babuino puso sus brazos alrededor del cuello del hombre. El cuello azul de su camisa se manchó con vaselina.
     “Realmente está bien. Te creo,” dije.
     El hombre me ignoró y fue al baño. Apuntó al nivel de agua, que estaba exactamente en la posición de cero, y luego fue sumergiendo al mono. Esperaba que se pusiera como loco pero, por el contrario, se relajó, como si estuviera muerto.
     “¿Cómo es que es así?” dije.
     “Si se moviera, podría salpicar agua fuera del tanque. Descalificación instantánea. Lograr que se mantengan quietos puede ser hasta más difícil que hacerlos crecer.” dijo.
     Cooper agarró el dedo índice del hombre y se mantuvo quieto a medida que el agua cubría su garganta, su boca, y luego toda su cabeza. Cuando el agua comenzó a mojar su antebrazo, el hombre lo soltó. Cooper sumergió su brazo por debajo de la superficie. El agua hizo un sonido de plop. El hombre se agachó para ver al mono en el tanque. Aplaudió dos veces y Cooper estiró sus brazos a cada lado, presionando contra el vidrio y sujetándose debajo del agua.
     Su pelo se mantuvo pegado a su cuerpo. Tenía burbujas en los extremos de los ojos y la nariz. Sus ojos de contorno oscuro miraban para todos lados mientras su cabeza se mantenía quieta, como si el mono fuera sólo un traje, y hubiera algo vivo adentro de él, algo a lo que no le gustaba el agua.
     “Ahí está, ¿ves?” dijo el hombre.
     Miré el nivel del agua. “Dice treinta y nueve” dije.
     “No seas estúpido” vociferó, pero luego miró el menisco y tragó saliva. Era un sonido de dolor, de traición. Sus inspiraciones y la forma en que miraba al babuino estaban llenos de sufrimiento.
     El babuino se mantuvo debajo de la superficie del agua. El hombre lo miró de arriba abajo y alrededor del tanque, buscando una razón que explicara la medición. Caminó alrededor del tanque buscando agua derramada.
     “¿Está esperando alguna señal para salir a la superficie?” pregunté. Los ojos de Cooper mostraban desesperación.
     El hombre me ignoró, intentando todavía encontrar una razón por la cual la medición era baja.
Dio vueltas por el tanque, sus manos luchando entre sí.
     “¿Debería aplaudir, o algo así?” pregunté.
     El hombre me miró, luego miró al mono, y aplaudió dos veces. El babuino dejó de sujetarse de los costados y emergió. Su cabeza atravesó la superficie y dio una bocanada de aire, con pánico en su cara, como si fuera culpable de algo horrible.
     El hombre lo agarró de las muñecas y lo sacó. Estaba siendo mucho menos delicado con Cooper que antes de meterlo en el tanque.
     “¿Qué hiciste?” le gritó. “¿Qué hiciste?”. El babuino sacudió parte del agua de su pelambre aceitoso. “¿Te enfermaste?”
     “Mono bastardo”, escupió.
     “Sin duda no es su culpa” dije.
     “Ah, ¿eso piensas?” el hombre sonrió y se puso violento. “¿Qué demonios sabes acerca de monos, eh?”
Levanté los hombros, y luego el hombre volvió su atención al mono. Soltó a Cooper que cayó en el suelo, y el babuino corrió al otro lado del salón. El hombre murmuró para sí mismo mientras agarraba una bolsa de papel del piso. Sirvió algo que lucía como müsli en un bol, y luego le tiró un liquido amarillo brillante encima. Tiró el bol en el piso mientras usaba ambas manos para abrir un gran frasco del cual sacó dos cucharadas de una sustancia gelatinosa. Mezcló esto en el bol, mientras seguía murmurándose a sí mismo. Llevó el bol a una alacena que estaba llena de goteros y botellas, como si fuera un gabinete de medicinas. Puso gotas de esto y espolvoreó aquello, y tiró una cápsula de algo, luego lo revolvió todo y se lo deslizó por el suelo al babuino.
     El babuino miró el bol y luego al hombre. Se dio la vuelta y se metió en la jaula.
     “Ah, no tienes hambre” dijo. “¿Quizás eres feliz siendo un mono de treinta y nueve litros? ¿eso es lo que me estás diciendo? ¿por qué haces esto?”
     El hombre parecía estar entre el llanto y el sangrado de oídos.
     “Debería irme” dije “Gracias por mostrarme tu mono”
     “Es alguna clase de chiste” el hombre se dio vuelta para mirarme. “¿Gracias por mostrarme tu mono de treinta y nueve litros? ¿eso es lo que intentas decirme?” sus puños estaban cerrados.
     “No intento decir nada. Creo que tienes un mono encantador, cualquiera sea su volumen”
     No sé qué le dije, pero se puso como loco.
Su cara se inundó de rojo y sus tendones estaban tirantes. Hasta llegó a estirar sus brazos con sus dedos apuntándome, como si me fuera a estrangular. Retrocedí a la puerta, preparándome para correr.
Pero luego una nube pareció pasar detrás de sus ojos. Empezó a golpear el costado de su palma izquierda y a susurrarse a sí mismo. Y esto tuvo en efecto de calma instantánea. Inspiró profundo.
     “Me disculpo por demostrar emociones inapropiadas” dijo.
     “Está bien” dije.
     El hombre cerró con llave la jaula de Cooper, los hombros recogidos, y su postura de arrepentimiento. Le habló a Cooper con voz suave. No pude escuchar las palabras o ver la cara del babuino, pero los ruidos de la jaula se calmaron, dándome la impresión de que estaban haciendo las paces.
     “Vamos a conseguirle una nueva mascota a tu novia” dijo el hombre mientras se levantaba y me guiaba a la puerta, inspirando por la nariz.
El aire del negocio, que me había parecido espeso cuando entré, estaba fresco en comparación con la neblina venenosa del salón de Cooper. “fíjese si ve algo” dijo “le daré una muy buena promoción”.
Caminé por el negocio, corriéndome para pasar por los espacios angostos entre los estantes, y miré los ojos de cacatúas, gatitos, conejos y serpientes. Nada me causó una impresión. Mi mente estaba en blanco. No podía sacarme la imagen de Cooper debajo del agua, sus manos presionadas a los lados del tanque.
     “No lo sé” dije “usted es el experto ¿qué piensa que le gustaría a mi novia?”
     Con esto, los músculos de su cara se reacomodaron en una expresión de puro regocijo.  “¡Sí! ¡Sí!” dijo, levantando un dedo triunfal en el aire. “Lo tengo”. Y se metió por unas cortinas de cuentas a un cuarto trasero, reapareciendo momentos más tarde con una pequeña jaula cubierta por una manta gruesa y oscura.
     El hombre levantó una esquina de la manta y me incitó a mirar adentro. Al principio no pude ver nada, pero a medida que presioné mi nariz contra las barras de metal, mis ojos se adaptaron y puede ver, sentado en una rama lisa, una pequeña criatura parecida a una zarigüeya. Su larga cola estaba enrollada en la rama, y cuando inhalé posó sus enormes ojos en mí.
     “Guau” dije “¿Qué es?”
     “Es un lémur ruiseñor de Madagascar. Muy raro. En el amanecer canta una canción que pondría a un león a dormir.”
     “Es perfecto” dije “gracias”
Estábamos discutiendo el precio cuando el hombre levantó una palma y puso el dedo índice de la otra sobre sus labios. “Espera”, dijo “¿Puedes escuchar eso? Está a punto de empezar a cantar”

Traducción por: no es canon

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