“¡Ridículo!” rugió el Rey Arturo, golpeando su jarra de cerveza contra la Mesa Redonda. “¿Púrpura, dices?”
“Todo púrpura, mi señor,” dijo Sir Launcelot, limpiándose nerviosamente la espuma de su cara, “de pies a cabeza. Completamente.”
“¡Por Dios! Qué extraño. Bueno, ¿qué quiere?”
“Quiere audiencia con usted, mi señor. Parece que mató al viejo Cholmondesley.”
“¿Cholmondesley?”
“Con un hacha, su majestad. Un hacha púrpura. Dice que nos hará a todos lo mismo si no enviamos a un contrincante que lo enfrente en una batalla justa…”
“¿Entonces?”
“Entonces, él – él – mide veinte pies.”
“¡Veinte! ¡Por Dios! ¡Qué tremendo! ¿Quién sería tan loco para luchar con él? ¿Qué tal tú, Launcelot?
“Oh, no mi señor. Me corté el dedo anoche pelando papas. El dolor es bestial.”
“Mala suerte, viejo amigo. Bueno,” les habló a los caballeros de la mesa redonda, “hay un gran idiota púrpura afuera que está buscando pelea ¿Quién se anima?”
Entonces habló Sir Bushwack, un joven fornido de buen porte y bajo centro de gravedad: “¿Dónde está el muchacho? No tengo miedo, ¡aunque mida veinte pies!” Sir Bushwack había estado bebiendo.
Luego el Rey Arturo le habló a Sir Launcelot, diciéndole que dejara entrar al caballero. Y así Launcelot lo hizo, y las trompetas sonaron, y entró trastabillando un tremendo gigante, quizás de cuatro pies de estatura, arrastrando un hacha púrpura de diez pies, y estaba vestido con una armadura púrpura, y en sus pies, unas zapatillas púrpuras. Arrastraba a un noble caballo, también púrpura, que parecía mezcla entre poni de las Shetland y armadillo.
El Rey Arturo le susurró a Launcelot, “Pensé que dijiste que medía veinte pies.” “Eso es lo que me dijo a mí, su majestad.”
“¿Eso es lo que qué? Si serás…”
El resto del desahogo del Rey Arturo se perdió entre los gemidos del gigante púrpura que decía con un vozarrón:
“¡Vamos, puedo vencer a cualquier hombre de la casa! No le temo a nadie porque son todos…” hipó “…unos gallinas para pelearme. Vamos, ¿quién va primero?”
Habló Sir Bushwack, gritando, “¡Te desafío, Sir Caballero!” El caballero purpura se rio. “¡Miren quién m’desafió! Inmundo, yo puedo – jíc – puedo vencerte con, -jíc- ¡una mano atada tras la espalda! ¡Ven aquí!” Allí es que el caballero púrpura tomó el hacha púrpura y comenzó a revolearla sobre su cabeza, cada vez más rápido. Sir Bushwack se acercó dubitativo con la espada en mano, débilmente trató de defenderse, y retrocedió rápidamente. El caballero púrpura se rio.
“Gallinas, ¡Todos ustedes! ¡Temen enfrentarme! ¡Jar! ¡Jar!”
De súbito, sonaron las trompetas y entró un muy valiente y masculino caballero, Sir Estúpido.
“¡Oigan todos!” gritó al auditorio, “¡El Viejo Fotheringay se volvió loco! Él y su caballo cayeron en jugo de uvas recién prensado en la destilería, y…”
Luego vio al caballero púrpura y paró de hablar. El Rey Arturo comenzó a reírse histéricamente, derramando cerveza aquí y allá.
“Por Dios, ¡el viejo Fotheringay se cayó en la pileta de vino! ¡El Viejo Fotheringay! ¡Jo, jo, jo! ¡El Viejo Fotheringay se emborrachó con jugo de uva! ¡Jo! ¡En la oscuridad de la noche!”
El Viejo Fotheringay se quedó digiriendo esto en silencio. Luego con pausa empezó a reírse y revolear su hacha.
“oh, oh,” susurró Sir Estúpido a Arturo, “¡aquí viene!” Con un grito salvaje, el Viejo Fotheringay cargó contra la Mesa Redonda, abalanzando su hacha. En un instante, el hall se convirtió en un vale todo. El caballero púrpura estaba en el medio de todo el lío, rompiendo muebles, barriles de cerveza, y cualquier otra cosa que se interpusiera en su camino. El hall resonó con el golpe de espadas, el astillado de madera, y la risa demoníaca del caballero púrpura. En el medio del ruido y la confusión, Sir Estúpido le dijo a Bushwack.
“Noble caballero,” y continuó, “¿está usted dedicado a su majestad?”
“Sí”
“¿Y sufriría malestares para librar a su majestad de esta amenaza?”
“Sin dudas,” dijo Sir Bushwack al pasar, mientras esquivaba una jarra voladora de cerveza.
“¡Eso era todo lo que quería saber! ¡Fotheringay! ¡Cretino mentecato! ¡Ven aquí!”
Enfurecido, el caballero púrpura se apresuró hacia Sir Estúpido y levantó su hacha. Sir Estúpido levantó a Bushwack mientras protestaba y lo lanzó contra Fotheringay. Se escuchó un fuerte ruido de madera rota mientras el caballero púrpura caía, y luego quedó en silencio, excepto por el burbujeo de la cerveza que se escapaba del barril roto. Sir Estúpido se paró horizontalmente sobre Fotheringay.
“Ahora, orgulloso caballero,” gritó el triunfante Sir Estúpido, “ahora, ¿qué tienes para decir?”
Lentamente, el caballero púrpura lo miró y sonrió. “GALLINA,” dijo.
Traducción por: no es canon
Textos originales en inglés disponibles en:
“Ye Legend of Sir Stupid and the Purple Knight” — Thomas Pynchon (Juvenilia)