Todos hemos leído las andanzas de Holden Caulfield, ese adolescente que hoy consideraríamos “emo” que se escapaba del colegio para vivir como un rebelde, inconformista y vengador de juventudes en una sociedad llena de falsedad. También conocemos los cuentos de la familia Glass o algunos otros que mayormente tratan de niños superdotados, crisis de fe o traumas de guerra. Todos circunscriptos al género realista. Pero antes de que el guardián entre el centeno empezara a aparecer en forma serial, Salinger escribió lo que sería su única historia de terror: Paula. La historia fue escrita en 1941 y un año después el autor se la vendió a la revista Stag, revista para hombres que combinaba artículos y cuentos, y que luego pasaría a ser una revista pornográfica (de hecho Hugh Hefner fue demandado por llamar a su revista “Stag Party”, razón que le hizo cambiar el nombre a “Playboy”). A la revista le pareció una historia muy oscura y decidió no publicarla. Luego Salinger se referiría a esta historia como su “primera y última historia de terror”.
La presente traducción está basada en un texto incompleto que se filtró hace algunos años de un borrador de la Universidad de Texas, dado que la versión final de Stag fue extraviada por la editorial. Notarán que la historia no está muy pulida y el último párrafo parece más una nota del autor que una parte del cuento. Aun así, vale la pena leer como rareza.
Traducción por: no es canon
El cuatro de mayo de 1941 Hincher volvió a casa del trabajo a las 6:30 y descubrió a su esposa sentada en la cama leyendo. Hincher inquirió afectuosamente:
“¿Qué pasa? ¿no te sientes bien?”
“No muy bien,” dijo la Señora Hincher, apoyando su libro.
“Oh,” dijo Hincher “¿vendrás a comer?”
“No lo creo, querido ¿te molesta mucho?”
“No. No. Claro que no ¿qué haces? ¿lees?”
“Mmm,” admitió la Señora Hincher.
Al día siguiente, en el mismo horario, la Señora Hincher todavía estaba en la cama.
“¿Quieres que llame al Dr. Bohler?” preguntó el Señor Hincher atentamente.
La Señora Hincher rio con una risa cálida y deliciosa. “No lo creo, querido,” dijo. “No creo que haya nada que él pueda hacer.”
“¿Por qué lo dices? ¿qué quieres decir?” Hincher se sentó al borde de la cama de su esposa.
“¡Gran loquito!” dijo la Señora Hincher de buen humor. “Voy a tener un bebé.”
La cara de Hincher se volvió estupefacta, seguida de puro éxtasis. Luego rápidamente se inclinó para besar a su esposa, primero de forma entusiasmada, luego tiernamente, y empezó a hacer grandes promesas y predicciones. Pero se interrumpió.
“Sabía que el maldito tonto estaba equivocado,” exclamó con felicidad. “¿Qué dijo?”
“¿Quién, cariño?”
“Dr. Bohler.”
“¡Dr. Bohler!” dijo la Señora Hincher con desdén, pero no de forma desagradable. “Cariño, una mujer sabe si va a tener un bebé o no. Al menos esta mujer.”
“Pero creí ̶ ”
“̶ Cariño, yo sé que no tengo que ver al Dr. Bohler o al Dr. Éste o Aquél. Lo sé. Siempre supe que lo sabría.”
“Pero yo sólo pensé ̶ “ dijo Hincher. “Pensé que el Dr. Bohler dijo que no podías tener uno ¿Digo, no es lo que dijo?”
La Señora Hincher se rio gloriosamente. Extendió sus dos manos y suavemente tomó la cara preocupada de su marido.
“Cariño, no te preocupes,” dijo la Señor Hincher, riendo bajo. “Vamos a tener un bebé.”
Finalmente, dejando la habitación para lavarse para la cena, Hincher gritó:
“¿Te levantarás para comer, mi amor?”
“No, cariño, prefiero no.”
***
Semanas y hasta meses pasaron y la Señora Hincher siguió en la cama acostada, dejándola sólo para hacer pequeñas, obvias, excursiones al baño, a los cajones de su buró, al tocador, ̶ y una tarde cuando Sophie, la criada, se fue a ver a su dentista, la Señora Hincher, en un vestido marrón y zapatos con plumas, se aventuró a bajar las escaleras para ver si su copia del Saturday Evening Post había sido entregada. Pero aun contando todos sus pequeños viajes, por aproximadamente 23 horas del día, 165 horas de la semana, 644 horas del mes, la Señora Hincher residió bajo el cubrecama. Tomaba el desayuno, almuerzo y cena en la cama. Leía y tejía en la cama, todos los diarios y revistas de actualidad, bolsas de lana y agujas de tejer de tamaños graduados siempre a mano. Había una campana de mano en su mesa de noche. Dos sacudidas y Sophie, la criada, se secaba las manos, o apagaba la aspiradora, o tiraba su cigarrillo, y literalmente venía corriendo. Sophie recibía sus instrucciones del Señor Hincher mientras él le aumentaba el salario.
***
“Cariño. ¿Podrías venir un minuto?”
Hincher volvió al cuarto de su esposa.
“Cariño, voy a pedirte algo extraño. Probablemente pienses que estoy totalmente loca”
Hincher sonrió, “¿qué quieres, pequeña?”
“Quiero quedarme en la cama, mi amor. Quiero decir, quiero quedarme en la cama durante todo mi período.”
“¿Nueves meses?” dijo Hincher, incrédulo.
“Mmm. Quiero hacerlo. ¿Estás furioso conmigo? Sí, lo estás. Me doy cuenta. Puedo ver esa mirada severa en tu cara.” La señora Hincher le sonrió al marido, frunció los labios ligeramente y asintió para sí misma.
“No,” su esposo negó de inmediato. “Claro que no estoy furioso. ¿Pero por qué quieres quedarte en la cama? Digo, ¿por qué quedarte en la cama?”
La señora Hincher esperó.
“Te reirías,” acusó la señora Hincher suavemente.
“No lo haré”
“Sí, lo harás”
“Cariño,” dijo Hincher, sentándose nuevamente en el borde de la cama de su esposa. “Por qué dirías eso”.
La señora Hincher agarró la mano de su esposo, como diciendo que lo que iba a decir requería la fuerza de su proximidad. La señora Hincher habló despacio, su voz calmada y valiente, y sin embargo Hincher detectó una leve, muy leve, nota de miedo.
“Quiero desesperadamente que nuestro bebé nazca sin problemas, cariño. Temo caerme. Temo mil cosas.” La señora Hincher pausó, de pronto apretó la mano de su esposo, como si una imagen nítida y horrible hubiera venido a asustar su mente. Continuó, “Autos y camiones y cosas. Tengo tanto miedo. Y si me quedo en la cama estaré a salvo con mis pensamientos sobre ti y bebé.”
La palabra “bebé” sin el artículo precedente desarmó y acechó el corazón de Hincher. Respondió en una voz excesivamente fornida, pero con poco control.
“Quédate en la cama. Sólo quédate en la cama tanto como quieras.”
La respuesta del señor Hincher, a pesar de su brevedad, pareció identificar la inmoralidad del señor Hincher.
“Cariño,” pronunció con simpleza.
El señor Hincher dio golpecitos a la mano de su esposa y repitió, “quédate en la cama tanto como quieras.”
Compartieron un momento de profundo silencio. La señora Hincher lo quebró, pero aparentemente con gran reticencia.
“Cariño, sólo una cosa más. No le digas a nadie. Quiero decir, no le digas a nadie que estoy en cama. Di que volví a Nueva York a quedarme con mi hermana. Di que mi hermana está enferma.”
“Pero ¿por qué?” preguntó Hincher con cuidado.
“Se reirán,” dijo la señora Hincher simplemente. “Todos se reirán, lo sé.”
“No, no lo harán,” Hincher negó rotundamente.
“Sí, lo harán. Sé que lo harán,” dijo su esposa pensativamente. “Ruth Simpkins se reiría. Puedo escucharla riéndose de mí.”
“Esa mujer tonta,” dijo Hincher.
“Sí, cariño, pero se reiría. Todos se reirían. Lo sé. – Cariño, promete que les dirás que me fui a Nueva York a estar con mi hermana. Así no saben que estoy en casa. Puedes hacer como que vienes a visitarme los fines de semana. Puedes manejar hasta el cabo y pescar. Puedes pescar. Sophie puede ir al mercado. Ella-“
El señor Hincer levantó abruptamente una mano, como una burla de un agente de tráfico. “Espera un minuto. Momento ahí. Momento ahí, muchacha.”
Él estaba un poco confundido. La voz calmada y amorosa de la señora Hincher había comenzado a tomar un aire de entusiasmo. Era extrañamente impropio.
Abruptamente, la señora Hincher quitó su mano de la de su esposo. Ni la forzó, ni la deslizó. Simplemente la quitó.
“Tú también te ríes de mí,” dijo de forma neutra.
Hincher tuvo miedo. “¡No, cariño!” le juró. “No, no me rio. Haré lo que digas, pequeña.”
En silencio, Hincher volvió a hacer contacto con la mano de su esposa. “No, no, no, pequeña,” le juró al perfil repentino de la señora Hincher.
Ella se volvió hacia él con pausa. Hincher esperó la exoneración, deseando casi fanáticamente alguna mirada, alguna palabra de exoneración. La cara de la señora Hincher no comunicaba nada. Miraba a su marido, y aun así, más allá de él.
“Lo haremos tal como tú quieres,” dijo Hincher. “Justo como tú quieres.”
Los ojos de la señora Hincher hicieron foco lentamente.
“Sabía que entenderías,” dijo ella.
***
Casi todos los fines de semana el señor Hincher iba a pescar a Cape Cod. A menudo parecía que había disfrutado inmensamente de su fin de semana, porque los domingos, tarde por la noche, cuando iba al cuarto de su esposa para dejarle espiar su pesca bajo unos diarios mojados, la cara de Hincher en la luz de la lámpara nocturna era una de felicidad.
Pero toma cinco días de la semana para llegar al fin de semana.
Hincher era malo mintiendo. Pero afortunadamente se le requería poca destreza. Nadie en Otisville dudaba que la señora Hincher se hubiera ido a Nueva York para estar con su hermana enferma. Por eso cuando Hincher, con incómoda gravedad, reportaba la condición de su cuñada como “Mejor”, o “No Mucho Mejor”, o “Todavía No Se Sabe”, la respuesta usual que recibía era “Todo Toma Tiempo”, o “Mándale Nuestro Amor a Paula”. Con la práctica, las mentiras de Hincher mejoraron. Aprendió con el tiempo que se sentía más seguro consigo mismo cuando decía sus mentiras entre risas, en lugar de decirlas gravemente.
“Supongo que debo conseguirme una nueva esposa,” Hincher innovó un día (con una risita).
“¿Por qué no esperas hasta que salgan los nuevos modelos?” sugirió Bud Montrose.
Hincher pirateó inmediatamente el humor de Bud Montrose. Y la Mentira-Risa estándar de Hincher sonaba completa:
“Supongo que debo conseguirme una nueva esposa.” (Risa.) “Esperando a que salgan los nuevos modelos.” (Risa, Risa.)
…Pero nunca aprendió a mentir de forma experta como para sentirse seguro de una acusación injustificada, pero extremadamente subida de tono, en un cuarto pequeño y lleno de gente.
***
Por las noches, luego de que Hincher había comido solo en el comedor, se volvía a juntar con su esposa, y usualmente jugaban varios juegos de casino. El señor Hincher se sentaba en el borde de la cama, y una bella mesa blanca se cruzaba por encima de las piernas de la señora Hincher. Generalmente jugaban hasta las 9:30 o 9:45, luego de lo cual la señora Hincher decía: “¿Leemos un poco, cariño?”
“Grandioso,” decía Hincher a menudo, y cruzaba el cuarto para traerle el libro de elección a la señora Hincher.
De David Copperfield, la señora Hincher le dijo al señor Hincher:
“Lo amo, siempre lo he amado ¿Cómo es que nunca lo has leído, cariño?”
“No lo sé,” dijo Hincher. “Nunca tuve el tiempo.”
“Lo amo,” dijo la señora Hincher, “sólo odio a los Murdstones. Me saltearé todas las partes de los Murdstones.”
“¿Quiénes son?” preguntó Hincher.
“El padrastro de Davy y su hermana. Son horribles, espera a que los veas. No, voy a saltearme las partes en que entran los Murdstones.”
La señora Hincher rio con gusto.
Hincher se sentó en un sillón cerca de la cama de la señora Hincher, y ella leyó David Copperfield, omitiendo todos los pasajes de los Murdstones. Ella leyó de forma magnífica, impostando una voz brusca para sonar como Dan Peggoty, una elegante para sugerir a Steerforth, una silenciosa por el bien de Uriah Heep, y otra distinta para Dora. Estaba perfectamente elegida para cada rol.
A la medianoche, en general, la señora Hincher dejaba de leer. Cerraba el libro y le sonreía al señor Hincher.
“¿Cansada?” decía él rápidamente.
“Un poco, cariño”
“Ve a dormir, entonces. Suficiente lectura por esta noche”
“¿Lo disfrutaste?”
“Gran libro. Métete dentro de las sábanas ahora. Yo te tapo”
Hincher durmió en el cuarto de invitados durante todos esos meses.
***
Ruth y Perkins estaban en lo de Emiliy y Bud Edmunson. Al principio, mientras Bud hablaba, Perkins revolvía un plato de nueces con su mano, eligiendo sólo los pistachos. Más adelante, Perkins dejó de comer totalmente.
“Vino aquí el sábado pasado por la noche.
“Emily y yo habíamos vuelto recién del cine. Y veo el auto de Frank estacionado en la calle. Dejé el mío detrás de el suyo, prendí las luces altas, y me fui a fijar qué pasaba. Frank estaba sentado en su auto.
“¡Frank!, dije. ¿Qué haces aquí?
“Debo verte.
“Bueno, entra, dije.
“Entramos. No me dejó tomar su abrigo. Dijo que quería verme a solas, por lo que Emily subió al piso de arriba. Y Frank y yo nos sentamos en el cuarto de estar. Todavía no se quitaba su abrigo.
“Manejé hasta tu casa el martes, le dije. ¿Cómo es que tu teléfono está desconectado? ¿Por qué es que la criada no me dejó entrar? ¿Qué pasa?
“Qué demonios. Soy su compañero. Tenía el derecho a preguntarle dónde había estado luego de ausentarse toda una semana del trabajo, ¿sabes a qué me refiero?
“Frank se sentó ahí como si no hubiera venido a decirme nada. Era más como si hubiera venido a mirar el piano. Lucía pésimo. Creo que la razón por la que no se quitó el abrigo era que no tenía ninguna campera abajo. Podía ver, de todos modos, que no tenía puesta corbata.
“¿Hay algún problema con Paula? dije. ¿Escuchaste alguna mala noticia sobre su hermana, o algo así?
“No tiene ninguna hermana, dijo Frank.
“¿A qué te refieres? dije. ¿No es a ella a quien está visitando? Su hermana se está muriendo, ¿no? Digo, está muy enferma, ¿no es así?
“Frank negó con la cabeza. No, dijo, Paula ha estado en casa todo este tiempo. Ha estado en casa en su cama gestando un bebé. No quería andar por la calle y correr el riesgo de ser atropellada. Así que se quedó en cama.
“¿Cuánto tiempo ha estado en cama? le pregunté.
“No lo sé, dijo Frank. Diez meses.
“Se ha ido hace más de un año, le dije.
“Te digo que no fue a ningún lado, dijo Frank. Ha estado fuera de la cama dos meses. En su cuarto. Con la puerta cerrada con llave.”
“¡Con la puerta con llave! dije. ¿Tuvo el bebé?
“Dice que sí, dijo Frank. Dice que sí. No lo sé.
“Deberías haber escuchado su voz. Quiero decir, apenas se lo escuchaba hablar.
“¿A qué te refieres? dije. ¿Dice que tuve al bebé? ¿Tú no lo sabes?
“Dice que lo tuvo, dijo Frank. Pero no lo sé. Llegué a casa una noche hace algunos meses y la puerta estaba cerrada con llave. Toqué la puerta y le pregunté si estaba bien. Dijo que estaba teniendo el bebé.
“Frank dijo que le preguntó si debería llamar al Dr. Bohler. Paula dijo que no, que no necesitaba a ningún doctor. Frank le preguntó si estaba sufriendo algún dolor. Paula le dijo que se sentía magnífica. Sólo había una cosa que quería que él hiciera. Frank le preguntó qué era ¿Qué piensas que dijo?
“Dijo, ve al jardín y frota dos rosas, una contra otra. Eso era todo lo que necesitaba.
“¡Dios mío! le dije a Frank. ¿No lo hiciste, o sí? ¿No llamaste al Dr. Bohler?
“Ella no quería que llamara al Dr. Bohler, dijo Frank. Dijo que no lo necesitaba.
“¿Puedes imaginarte?
“Bueno, le dije, no saliste al jardín a frotar dos rosas, ¿o sí?
“Dijo: sí
“¿Por qué demonios lo hiciste?, le pregunté. Ella quería que lo hiciera, me dijo Frank.
“¡Así que lo hizo! Salió al jardín y frotó dos rosas. Luego corrió al cuarto (el cuarto cerrado con llave, te aclaro), y Paula le dijo que el bebé había nacido. Pero no podía dejar que Frank lo viera. Era mejor que ella estuviera sola por un tiempo. Frank le preguntó si era un niño o una niña. Paula le dijo que era una niña. Le dijo que era una hermosa niña con pelo rubio y ojos azules.
“Frank le preguntó si necesitaba algo. Paula dijo que no necesitaba nada. Frank le pidió que por favor abriera la puerta. Sin embargo, ella no quiso hacerlo. Le dije a Frank: Por Dios, yo hubiera roto la puerta.
“Frank negó con la cabeza. Dijo que yo no conocía a Paula. Ella es muy sensible, dijo.
“Bueno, dos meses pasaron y Paula seguía sin dejarlo entrar a verla a ella o a la bebé. Ni siquiera dejaba entrar a la criada. Nunca abría la puerta excepto para las comidas, y en esos momentos era sólo para que la criada le empujara una bandeja.
“Ella se quedó en el cuarto con el bebé. Y Frank, cuando volvía de la oficina por las noches, le hablaba a través de la puerta. Ella le contaba lo que la bebé había hecho durante todo el día, cómo se metía el pie en la boca, y todo eso. Frank le preguntaba si necesitaba algo. A veces sí lo necesitaba. La bebé necesitaba una cuna o una mamadera. Ya sabes. Cosas que necesitan los bebés. Y Frank traía las cosas en su auto y Paula abría la puerta sólo para dejar pasar el objeto, sin dejarlo ver ni a la bebé ni a ella.
“Entonces un día Paula le dice que la bebé debería tener un compañero de juegos. No exactamente un compañero de juegos, pero un niño cerca de ella ocasionalmente. Decía que ella seriamente creía que el período más formativo de un niño era durante su infancia. Le decía a Frank: Seguro piensas que estoy loca. Frank le decía que no, pero ya se estaba cansando de que no le permitieran ver a su propia hija. Paula reía y le rogaba que fuera paciente por un tiempo.
“Bueno, Frank hizo que la criada trajera a su sobrino a la casa. Un niño de más o menos tres años. Y al niño se le permitió ver a la bebé.
“Frank le preguntó al niño cuando salió del cuarto: ¿viste al bebé?
“Sí, le dijo el niño, muy enfáticamente.
“¿Cómo luce? Una niñita, ¿no?, le preguntó Frank.
“Es una niñita y no puede hablar.
“El niño dijo que era una niñita que no podía hablar y estaba en una cuna durmiendo. Sabes cómo hablan los niños.
“Bueno, un par de semanas más tarde Frank tiró abajo la puerta.
“Te lo digo y no lo creerás.
“Paula estaba en la cuna. Frank dijo que tenía sus piernas dobladas, de tal forma que sus rodillas tocaban su mentón. Tenía su pelo recogido tal como lo usan las niñas, y se había atado un moño grande y rojo. Excepto por el moño, no tenía ni una prenda de ropa. Ni una prenda. Desnuda como un bebé.
“¿Qué piensas que le dice a Frank?
“Le dice, tapándose con las sábanas: Creo que eres muy malo. Creo que eres el hombre más malo que conocí.
“Ella le hizo abandonar el cuarto. Entonces él vino a nuestra casa. Se quedó en nuestra casa sentado en la habitación.
“Le dije que debía alejarse. Le dije que él y Paula necesitaban unas buenas y largas vacaciones.
“Recibí una postal de ellos hoy. – Emily, ¿qué has hecho con la postal?”
***
Los Hinchers fueron a Florida. Hincher se volvió increíblemente violento en el lobby del Hotel Plaza. El asistente del Manager y el operador del ascensor, un hombre grande de color, lo sujetaron, y fue llevado al hospital Lakewood.
Paula regresó a Otisville y varios meses después continuó con su trabajo de librera. Todavía sigue allí, haciendo un magnífico trabajo.