La existencia de un libro que vuelve loco a quienes lo admiran ha sido tema de literatura desde los comienzos. Empezando por el personaje más conocido, Alonso Quijano, que “del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”, pasando por Lovecraft y su Necronomicón, y más acá, Foster Wallace y la cinta de La broma infinita que es tan entretenida que deja al espectador en estado catatónico. En esa tradición se inscribe el Rey de Amarillo (The King in Yellow) de Robert W. Chambers.
El título hace referencia a una obra de teatro homónima situada en una tierra imaginaria llamada Carcosa (nombre tomado de un cuento de Ambrose Bierce) donde hay dos soles y un lago brumoso llamado Hali cerca de la ciudad de Hastur. El escritor de esta obra, a quien no conocemos, termina por suicidarse (o al menos eso se rumorea), pero deja este texto que obsesiona a quien lo lee, llevándolo a la locura. Es una obra -aparentemente- de dos actos. El primer acto de cierto contenido inocente, y el segundo, más parecido a un vórtice que atrapa al lector y lo induce a sus peores estados, terminando en general en la muerte.
Las historias del libro de Chambers son, por ende, el punto de contacto entre dos mundos: el nuestro y Carcosa, donde gobierna (o está exiliado) el Rey de Amarillo. Pletórico de símbolos y climas agobiantes en un tiempo futuro (Chambers lo escribe a fines del siglo 19 y algunas de las historias transcurren en los 1920s), nos encontramos con un descenso a los lugares oscuros de la mente humana.
Pero Chambers tiene un planteo mucho más interesante. Si el Mal está típicamente encarnado por el Diablo, el rebelde, el que va en contra de las reglas, Chambers ubica el Mal en Dios, el que impone las reglas. Dios, como epítome del monarca sádico y autócrata. Así nos encontramos con frases como: “Supe que el Rey de Amarillo había abierto su manto andrajoso y sólo quedaba Dios para llorarle” o “¡Qué terrible es caer en manos del Dios viviente!”.
Esta edición de @aguijondelanoche está magníficamente ilustrada por el artista quilmeño Santiago Caruso (@santiagocaruso.art). Cada una de estas piezas de arte que acompañan los textos transmiten a la perfección la atmósfera gótica y espeluznante, con esa mezcla de terror cósmico y simbología religiosa. Un perfecto complemento a la imaginación macabra de Chambers.